13 febrero, 2018

Inmaduros



(Publicado en El Día de León)

                Escribo estas líneas desde Bogotá. Viajo con frecuencia a Colombia y esta vez todos me cuentan que las ciudades se han vuelto algo más inseguras y que la situación social y de orden público es muy preocupante en los lugares más cercanos a la frontera venezolana, allá por los departamentos de Arauca y Norte de Santander. Casi un millón de venezolanos han pasado a Colombia y se han quedado, de los que cerca de cuatrocientos mil residen ilegalmente. No hace falta explicar que escapan del hambre y la miseria absoluta en que ha sumido a ese rico país el régimen chavista, y en particular Nicolás Maduro, ese demente absurdo. Colombia se está volviendo más insegura porque esos pobres venezolanos huidos trabajan por lo que les den, se prostituyen o roban; porque algo hay que hacer para comer cuando no se tiene absolutamente nada.
                Por desgracia, no es muy infrecuente que alguna nación caiga en manos de gobernantes tan lelos como ladrones o que pueblos enteros enloquezcan y se dejen arrastrar por la encendida palabrería de politicastros de la peor calaña y que solo quieren hacer su agosto y compensar sus complejos a costa de la credulidad de los pobres y el narcisismo de los burguesitos. Bien a la vista lo tenemos en Cataluña, salvando las distancias que haya que salvar. No son comparables las situaciones en muchos aspectos, lo sé, pero me impresiona igual la fe ciega de los incautos y alienados venezolanos que siguen votando a Maduro, que la constancia con que tanto independentista obcecado continúa apoyando a esa pandilla de desaprensivos delincuentes y amigos de lo ajeno que hace unos meses trataron de dar un golpe de estado en Cataluña, con aquella mezcla sorprendente de temeridad política y cobardía personal. En fin, que con su pan se lo coman quienes prefieren dejarse seducir y dominar por zarrapastrosos y pícaros.
                Me interesa más hoy otra cuestión. Si Maduro, en lugar de decirse izquierdista tremendo y gastar amistad con otros que, como él, son impostores de la izquierda, fuera un líder con ínfulas derechistas, ardería Troya. Qué diría la prensa pijoprogre y cómo pondría el grito en el cielo lo más falsamente izquierdista del arco parlamentario español, cómo gritarían y despotricarían contra el régimen venezolano y el sursuncorda Iglesias y sus señoras y señorías, los Rufián y Tardà, los garzones de pata negra y esos desnortados cargos del PSOE que porque no saben dónde tienen la mano derecha han olvidado que ser de izquierda y apoyar tiranías, gobiernos criminales y políticas corruptas y golpistas no es signo de progresismo, sino de radical estulticia. A la izquierda española, desde hace tiempo, la está matando esa burda coalición de hijos de papá y zoquetes, de niñatos y analfabetos. Y bien que lo siento.
                ¿Se imaginan si esos niveles de pobreza y abandono, de desabastecimiento y hambre en Venezuela se debieran a algún gobierno ultraliberal o bastante conservador? ¿Se imaginan que el chiflado Maduro se proclamara conservador y católico? Habría a diario manifestaciones ante la embajada venezolana en Madrid y allí se retratarían los próceres de nuestra izquierda cretina. Pero no hay cuidado, no levantan ni levantarán la voz contra Maduro, porque piensan que es de los suyos. Hace falta ser muy limitadito y tener muy mermada la autoestima para creer que una mala bestia de ese calibre puede ser de los suyos y compartir con ellos algo que importe. Pero esos izquierdistas de pega, niños mimados del país y del sistema, desempeñan con entusiasmo la función que en verdad les toca en España ahora, que es la de evitar que una izquierda digna, decente e ilustrada vuelva a levantar cabeza por estos pagos. Si un día, pasado el tiempo, algún historiador demostrara que eran infiltrados del capitalismo más negro y de los poderes fácticos más desalmados, para destruir la izquierda política española y sus posibilidades de gobernar algún día, me lo creería sin dudar.
                Sabemos que Maduro es de los suyos, pero no es de los nuestros, no tiene absolutamente nada que ver con los que seguimos sintiéndonos progresistas y demócratas, defensores de la justicia social y convencidos de que hay que ir alcanzándola en libertad, con trabajo e inteligencia, con buen talante y seriedad. Somos todavía muchos los que creemos en la izquierda y sus mejores objetivos, los que estamos convencidos de que ni rastro de equidad cabe en un país donde no haya igualdad de oportunidades y donde los derechos sociales de cada ciudadano no se cuiden debidamente. Y esos mismos, nosotros, sabemos que Maduro es lo contrario a ideales tan nobles y con tanta solera, y estamos también perfectamente al corriente de que quienes no se avengan a criticar con fuerza a un déspota como Maduro, que condena a todo un pueblo a la pobreza radical y fuerza a sus gentes a humillarse y prostituirse, ni son izquierdistas ni son demócratas. Son impostores y renegados.
                Si, para colmo, mientras callan como lo que son sobre la dura vida de los venezolanos que mueren y penan, se colocan lacitos amarillos y se conmueven porque a Junqueras no le gustan demasiado las hamburguesas que le ponen en Estremera, el cuadro está completo. Ningún respeto han merecer los que lamentan más el fracaso del golpismo en Cataluña que el hambre de tantos millones de venezolanos inocentes, los que usan la política aquí para, en nombre del pueblo pero sin el pueblo, procurarse unos ingresos y un nivel de vida que ningún venezolano de bien podrá soñar en muchos años, quienes presumen de ser partido de trabajadores y ni un triste obrero tienen entre los cargos de su partido, aquellos que hablan en nombre de la pobreza que no conocieron nunca, que se fingen luchadores contra el franquismo con setenta años de retraso y que seguro que si les hubiera tocado la dictadura aquella se habrían portado como sus amigos catalanes hace cuatro días, con perfecta cobardía.

27 enero, 2018

¿Votar o sortear?



(Publicado en El Día de León)
               La teoría democrática está muy bien asentada, no solo entre politólogos, filósofos políticos y expertos varios, sino también y fundamentalmente entre los ciudadanos en general, y son bien pocos los que preferirían una dictadura, por ejemplo, o que el poder se heredara de padres a hijos. La soberanía popular, la idea de que es el pueblo el que ha de seleccionar a sus gobernantes, en lugar de que le sean impuestos por vaya usted a saber qué oscuros designios, forma parte ya de nuestro más valioso patrimonio cultural. Es una gran fortuna que la democracia triunfe, y basta mirar hacia atrás para darse cuenta de que, en estas cosas del poder y la política, cualquier tiempo pasado fue peor; aun peor, si nos expresamos con precisión.
                La desdicha es que esta querida democracia funciona mal y anda achacosa y decadente, cansada, tristona. El pueblo elige a sus representantes para que gobiernen y legislen, y ese ha sido un gran invento; lástima que apenas funcione ya. Si nos fijamos en nuestra propia casa o los alrededores, el panorama es desolador, por decirlo suave. Repase el amable lector la lista de nuestros presidentes de gobierno del 78 para acá y pregúntese sinceramente si no hay más de uno que apenas sabe o sabía hacer la o con un canuto. Si para consolarnos vamos a esa que se dice una de las democracias más antiguas y pensamos en su presidente actual, el inefable Trump, y algunos de sus predecesores, seguiremos con el alma en lo pies y el ánimo para el arrastre. ¿Bajamos un peldaño y tomamos al azar el currículum y la valía de cuarenta o cincuenta ministros españoles o de un ciento de consejeros de comunidades autónomas? Me temo que no nos va a subir mucho la moral.
                Y luego están los que eligen nuestros representantes. Pongo solo un ejemplo, de entre tantísimos, el de los magistrados del Tribunal Constitucional. Los selecciona el Parlamento, y me permito informar aquí de un detalle que tengo por bien cierto: son casi nulas las probabilidades de que para puesto tan importantísimo sean designados los constitucionalistas más sabios o los juristas más expertos y mejor dispuestos a hacer un trabajo técnicamente impecable. Si usted es del gremio, haga una lista de los que considera los cien más competentes en materias jurídicas y luego medite sobre si hay alguna posibilidad real de que alguno de esos termine de magistrado del TC. No hay ninguna.
                Los riesgos de que los ciudadanos erremos a lo grande al elegir a nuestros representantes políticos se multiplican en estos tiempos en los que una buena carrera política requiere el dinero de unos nada desinteresados patrocinadores y la habilidad de quienes sepan manipular con eficacia en las redes sociales y en muchos medios de comunicación. Así que no está de más que nos preguntemos si toca resignarse y retirarse a los cuarteles de invierno, desconectar de la vida política y abstenerse en todas las elecciones, o si cabría alguna solución.
                Hay alguna salida y no voy a ser el primero que la nombre: una combinación de condiciones de acceso y sorteo. Con lo primero me refiero que no estaría nada mal que para ser presidente del gobierno o de un ejecutivo autonómico, ministro o hasta parlamentario, se exigiera acreditar unas mínimas capacidades y alguna experiencia laboral. Muy sencillo, bastaría un dictado, una división con decimales y un pequeño test de cultura general, a fin de que no pudiera llegar a mandar en nosotros el que no esté en condiciones de superar las pruebas habituales para ser conserje de una escuela o celador de un hospital. No es pedir demasiado, creo. Y se tendría que haber cotizado como mínimo quince años a la Seguridad Social, para evitar a esos politicastros que en su puñetera vida no han hecho más cosa que medrar a la sombra de sus valedores en el respectivo partido, aprendiendo malas mañas y cultivando lealtades perversas.
                Para ciertos puestos y cargos sería perfecto el sorteo. Vuelvo al ejemplo de los magistrados del Tribunal Constitucional y afirmo que resultaría mucho mejor si sus plazas se sorteasen entre todos los juristas con trayectoria muy notable y que estuvieran dispuestos a aceptar esa misión. Mi amigo Paco Sosa Wagner ya lo propuso así para algunos altos cargos del poder judicial y creo que sería mano de santo en muchos ámbitos del gobierno y la alta gestión institucional. Por ejemplo, yo preferiría que los rectores universitarios salieran por azar entre los profesores más brillantes que así lo consintieran.
                Entre lo uno y lo otro se trataría de evitar el continuo ascenso de tiralevitas y cuitados, de paniaguados y correveidiles, y de asegurar que los que gestionan sepan lo que traen entre manos, que aquellos a los que se pide independencia no funcionen como simples estómagos agradecidos y que el que tenga aspiraciones de poder y alta responsabilidad aprenda que la vía es una combinación de trabajo y estudio y no el codazo en los mal ventilados pasillos de unos partidos políticos convertidos en auténticos antros, posiblemente lo más desprestigiado de cuantas organizaciones e instituciones nuestra Constitución menciona.
                No se pretende limitar la democracia, y menos atacarla, sino bien al contrario, hacer que no la colonicen muchos desalmados y pícaros que jamás llegarían a mandar en nada ni en nadie si en verdad no estuviera ya tan pervertido el sistema político. Sigamos eligiendo a nuestros representantes, pero con algunas precauciones, para que no acaben llevándose nuestros votos los más lelos o los más faltos de escrúpulos. Y que no sean los políticos los que escojan y domestiquen a quienes desde las más altas instituciones han de controlar precisamente a los políticos. No sería nada difícil organizarse así y salir del hoyo, pero, tal como están las cosas, tendríamos que echarle ganas y tomar nosotros la iniciativa como está mandado. ¿Nosotros? Sí, nosotros, los ciudadanos.

14 enero, 2018

Puritanos

(Publicado en El Día de León)


                Hubo un par de décadas en las que la vida en este país nuestro resultaba bien agradable. Me refiero al ambiente social, al clima entre la gente, más allá de los problemas de cualquier tipo que pudiera tener cada cual. Fue la época del vive y deja vivir, cuando España se convirtió en uno de los países más tolerantes, abiertos y plurales del mundo. Suena exagerado, pero me remito al testimonio de los que ya sean un poco mayores y, como yo mismo, hayan nacido bajo la dictadura, hayan vivido en su juventud la transición y hayan llegado hasta hoy con los vaivenes políticos propios de cualquier democracia.
                Fue un prodigio, algo inusual en cualquier parte y que raramente se repetirá. Gentes que habían crecido en medio de la opresión y que habían padecido tantas represiones se volvieron liberales y de mente muy abierta. Las artes rompieron los corsés, la divergencia política se vivió con buen espíritu y mucha comprensión, la libertad inundó las relaciones amorosas y sexuales, los conflictos sociales existían, cómo no, pero en un marco en el que los acuerdos eran más que las divergencias radicales. Y, sobre todo, la religión ocupó su lugar, el lugar legítimo y debido, en la conciencia y la vida personal de cada cual, pero sin ese toque autoritario y mal encarado que tanto había hecho sufrir a las generaciones anteriores. Entre compañeros y amigos se podía hablar pacífica y cordialmente de todo y cada uno exponía sus inclinaciones y preferencias sin apenas temor a ser vilipendiado por sus gustos, opiniones y prácticas, todo ello dentro de un orden sí, pero un orden flexible, laxo, gratamente relajado.
                Hablo en pasado porque me temo que retornan los tiempos oscuros y que nos estamos cargando buena parte de aquella libertad que nos habíamos procurado entre todos. Reaparecen los dogmatismos, las censuras, los reproches, la inseguridad al obrar ante los otros y al comunicarse con cualquiera, el temor a la machacona crítica intolerante. Me atrevo a sugerir que la crisis de la religión oficial o tradicional está dando pie a que aparezca un espíritu cuasireligioso más dogmático y prosaico, de la mano de algunos que se creen adalides de mil una y mil liberaciones y que acaban por no ser más que represores y fanáticos inconscientes, a la antigua usanza y aunque se sientan muy modernos.        
                Tanto es así, o tan así lo vivo, que, a día de hoy y para mi sorpresa, prefiero conversar con un cura normal y corriente o con un católico conservador y tolerante que con gran parte de mis conocidos, compañeros o amigos que se tienen por el no va más del progresismo. Y conste que ni soy creyente de ninguna confesión ni me tengo por conservador en nada, bien al contrario. Pero algo raro ocurre cuando a uno, hoy, le resulta más fácil contarle un chiste picante al sacerdote de su parroquia que al sindicalista de su empresa o si tenemos que por un juego de palabras un poco atrevido, unos tacos a la vieja usanza o unas chanzas con picardía te atizan más fuerte los amigos de ahora que los viejos maestros de la escuela franquista o los catequistas de otros tiempos. Ha renacido el puritanismo, un puritanismo polimorfo y camuflado, pero un puritanismo tan puñetero y hediendo como todos.
                En consonancia con los temores que actualmente nos asaltan, me disculpo por la expresión que utilizaré a continuación y que es esta: estamos confundiendo el culo con las témporas. Me cisco en cuantos se consideran progresistas y defensores de todas las libertades e igualdades a la vez que dedican su tiempo a reprimir expresiones ajenas y a afinar el lenguaje suyo como si con eso bastara para arreglar el mundo y garantizar la mejor libertad. Es al revés, todas las agresiones a la libertad que en la historia se han conocido comienzan por disciplinar el habla, por mandar callar sobre ciertas cosas y por imponer un lenguaje y un estilo. Detrás de eso, y justificadas por eso, llegan las demás represiones.
                Pondré un solo ejemplo, para complicarme más la vida. La plena y absoluta igualdad entre las personas y al margen de su sexo u orientación sexual es objetivo absolutamente prioritario en cualquier sociedad que se quiera mínimamente dcente. Venimos de una oprobiosa y odiosa historia de feroz dominación masculina y de insoportable discriminación y sumisión forzada de las mujeres. Eso sin la más mínima duda. Y con eso hay que terminar por completo. Pero la alternativa no es una vuelta al puritanismo más rancio y a un enfoque pseudoreligioso de la relación entre hombre y mujer, con la idea de pecado en el centro. Del “no desearás a la mujer de tu prójimo” o el “no consentirás pensamientos ni deseos impuros” no podemos pasar al “no dirás ni pío a una señora” o “líbrete Dios de insinuarte a una dama si eres varón”. Claro que se ha de acabar con los abusos y con tanta suciedad, con los viejos chantajes y con toda la violencia masculina, eso no se discute. Pero la sociedad que me gustaría dejar a mis hijos es una en la que hombres y mujeres sean libres para tratar de seducirse con buenas maneras y libres para no hacer nada que no deseen. La libertad es sencillamente eso. Lo otro es propio de obispos (y obispas) camuflados.
                ¿Se acuerdan o han oído hablar de cuando en la dictadura hacía falta un certificado de buena conducta para acceder a un trabajo y casi para cualquier cosa y de cuando un simple juicio negativo del párroco del lugar condenaba a una persona poco menos que al ostracismo? El que no iba a misa o no pasaba por el confesionario, el que soltaba alguna blasfemia o palabra de mal gusto para los censores, el que vivía con su pareja “en pecado” estaba poco menos que desahuciado, y eso forzaba a todo el mundo al disimulo, la autocensura y el desdoblamiento. Pues mucho me temo que en esas estamos de nuevo. Defendamos todas las igualdades y defendámoslas con uñas y dientes. Pero no matemos la libertad ni restauremos la represión.